dilatador anal

 

DILATADOR ANAL

Aquella mañana de jueves me encontraba en la cocina, sentada y disfrutando del desayuno con una tranquilidad inhabitual a las 8 y media de cualquier día de la semana, dado que normalmente a esas horas ya me encontraría camino de la empresa. pero es que aquel día era el primero de un puente que llegaría hasta el lunes. -¡12 de octubre, por fin!-, dije en voz alta mirando al calendario de la pared. Era un alivio descansar del ritual diario de levantarme a las 7, tomar una rápida ducha, y arreglarme y desayunar sin apenas sentarme. Siempre terminaba dando un último retoque al maquillaje y al peinado mientras me cepillaba los dientes, y una vez satisfecha con mi aspecto salía disparada de casa para tomar el autobús de las 8 y 15. Dado que disponía de todo el tiempo del mundo me había preparado un suculento desayuno a base de zumo de naranja, café y un croissant con margarina y mermelada.

Mientras desayunaba hacía planes para ese día, pues no tenía nada que hacer hasta la noche, que pensaba pasar en compañía de un amigo cenando y quién sabe si algo más. Se me ocurrió que sería buena idea preparar algo especial para hacer más interesante la cita. Y qué más especial que hacerme con algún juguetito erótico de los que con tanto entusiasmo me había hablado mi acompañante en más de una ocasión. Sí, era una gran idea, llamaría al enorme Show Center de la calle Atocha, para comprobar si abrían ese día festivo.

Apuré el último sorbo de café y tras fregar la vajilla del desayuno y colocarla en su lugar me dirigí al salón para coger la guía del ocio del revistero y buscar el número de teléfono del sex shop. Una vez encontrado, marqué el número y al otro lado del hilo telefónico una profunda voz masculina me informó de que abrían todos los días del año. -Estupendo-, pensé y tras colgar el teléfono me dirigí al dormitorio para asearme. Aunque aún estaba amaneciendo, la claridad del cielo hacía presagiar que aquel sería un soleado día de otoño.

Seguramente haría calor, así que decidí llevar un vestuario ligero aunque discreto, que no llamara mucho la atención considerando el tipo de establecimiento al que pensaba ir. Una vez elegida la ropa -falda larga de estilo hindú y top de tirantes- me dirigí al baño para darme una ducha rápida.

Al concluir enrollé una toalla alrededor de la cabeza y, tras secarme y aplicarme hidratante corporal, me dispuse a maquillarme también de una manera sencilla. Base de maquillaje fluída en tono claro, un toque de blush en tono melocotón en los pómulos, sombra de ojos color tierra, perfilador de ojos marrón, máscara de pestañas negra, y por último algo de vaselina sabor a grosella en los labios. Para finalizar me apliqué gel fijador en el pelo para mantener su aspecto mojado y lo revolví ligeramente para darle un toque informal.

Una vez arreglada cogí la falda y el top, poniéndomelos directamente sobre la piel desnuda. No me gusta que se marquen las braguitas o el sujetador debajo de la ropa, así que es habitual que prescinda de estas prendas. Me calcé con unas sandalias de cuña, cogí el bolso y las llaves del coche y salí de casa.

Eran cerca de las 9 y media cuando abandonaba la calle Arturo Soria para incorporarme a la M-30 en dirección sur. El tráfico era bastante fluido a aquella hora, así que en menos de 20 minutos llegué a la calle Atocha. Dejé el coche en un parking cercano al sex shop, y me dirigí rápidamente al establecimiento. Miré a un lado y otro de la acera para cerciorarme de que nadie conocido me veía allí antes de introducirme en el amplio hall que conduce hacia la puerta de entrada. Conocía el lugar porque ya había estado allí en un par de ocasiones curioseando con unas amigas para buscar los típicos regalitos que se dan a las novias en las despedidas de soltera.

En la planta baja me crucé con un par de tipos que me siguieron con la mirada mientras me dirigía a la planta superior donde se hallan los artículos eróticos. Allí sólo estaban el dependiente, un atractivo chico de unos 30 años, y un hombre corpulento que aparentaba tener algo más de 40. El primero colocaba algunos accesorios en las vitrinas, mientras que el segundo parecía bastante interesado en unos vibradores fálicos de llamativos colores. Pensé que buscaría un regalo para una mujer ya que los consoladores que estaba mirando no eran del tipo que suelen buscar los gays, grandes y de aspecto tosco, sino que eran de esos que por su estética, su grosor y su textura son preferidos por las mujeres.

Me acerqué para verlos con más detalle y quedé fascinada por uno de silicona transparente de color rosa fucsia que tenía en su interior una serie de bolitas que imaginé que se moverían al activar la vibración. En un momento dado, en el que me separé de la vitrina para localizar con la mirada al empleado y pedirle que sacara el juguete, mis ojos se encontraron directamente con los del hombre maduro que me miraba con una expresión entre curiosa y divertida. Sonreí y a continuación aparté la mirada para seguir buscando al encargado y cuando lo localicé me dirigí a él y le pedí que sacara el vibrador de la vitrina. Pesaba un poco pero me pareció divertido, así que decidí llevármelo.

Le dije al chico que iba a seguir mirando algunos artículos más antes de ir a la caja, y me pareció oír que el tipo que estaba a mi lado susurraba algo así como que vaya zorra juguetona estaba hecha. Ignorando el comentario, seguí echando un vistazo a las vitrinas y pensé que unas bolas chinas tampoco me vendrían mal, y quizá también un juguete para ir preparando mi culito para el sexo anal.

Escogí un par de bolas de metal y un estrecho dilatador anal de silicona transparente de color azul fino en los extremos y algo más grueso en su parte central, y que se apoyaba en una base plana de modo que se sostenía en pie sobre la estantería de la vitrina. Me pareció muy interesante la idea de sentarme sobre él. Con los tres artículos en las manos me dirigí al mostrador para pagar.

El tipo maduro me había seguido hasta allí y mientras el chico pasaba los artículos por el lector de código de barras preguntó con un toque malicioso en su voz si no quería probarlos antes de llevármelos.

-Eso es, ¿por qué no los pruebas monada?- añadió el maduro.

El descaro de sus palabras me sorprendió, aunque también actuó como un detonante para empezar a activar mi más que sensible libido, que me convertía en una mujer bastante predispuesta al placer sexual. Decidí seguirles el juego, y pregunté con mirada perversa si obtendría alguna compensación si los juguetes no me satisfacían.

-Claro que sí, preciosa-, respondió el encargado, y guiñándole un ojo al tipo añadió -Y por partida doble, ¿verdad?-.

El tipo asintió con la cabeza y le comentó al joven que fuera sacando los cachivaches de sus cajas, que era hora de probarlos. Tras decir esto se situó detrás de mi, me quitó el bolso dejándolo en el mostrador y sin más dilación me bajó los tirantes del top deslizándolo hasta la cintura y comenzó a sobarme las tetas, agarrándolas con fuerza y moviéndolas en círculos. Mientras, el joven ya había salido de detrás del mostrador y se acercó a nosotros trayendo en las manos el dilatador anal y las bolas chinas, el vibrador lo dejó junto a la caja registradora.

-Levántale la falda a esta guarra. Vamos a llenarle todos los agujeros-, le dijo al tío que me sobaba las tetas.

Al oír estas palabras mi coñito empezó automáticamente a emanar su néctar, y con mayor profusión cuando el tipo soltó mis tetas y empezó a arremangarme la falda subiéndola hasta la cintura.

-Vaya, la zorra viene pidiendo guerra. Lleva el coño al aire- comentó el joven y me ordenó que separase las piernas, cosa que hice sumisamente tan cachonda como estaba con la situación. Mientras, el tío que tenía detrás empezó a sobarme las nalgas, agarrando una y otra alternativamente y apretándolas hasta casi dolerme. Debían de estar completamente enrojecidas ya que las sentía ardiendo bajo el efecto de sus apretones.

De repente el tipo maduro me alzó en el aire sujetándome por los muslos y apoyando mi espalda en su pecho, de modo que quedé impúdicamente expuesta con las piernas abiertas y mi intimidad en primer plano.

-¡La guarra está completamente depilada, sólo tiene pelito en el pubis!, exclamó el joven y añadió -Ahora le voy a meter las bolas en el coño y luego la sostendré yo para que tú puedas disfrutar del espectáculo y le llenes el culo-.

Dicho esto, acercó su cara a mi sexo y empezó a besar los labios de mi boca íntima, pero sólo durante unos segundos ya que inmediatamente me los separó con las manos y se puso a lamer mis labios menores y a introducir la lengua entre ellos recorriendo cada rincón de mi almejita. Yo estaba ya completamente excitada y notaba cómo mi coño liberaba su miel en gran cantidad.

En un momento dado, agarré al chico por el cabello empujando su cabeza contra mi sexo, quería sentir su lengua dentro de mi coñito. Él captó el mensaje ya que de inmediato se puso a hurgar con la punta de su lengua en la entrada mi vagina. Solté un gemido de placer cuando empezó a mover la lengua en todas direcciones y a sorber audiblemente el abundante néctar que no paraba de brotar de mi coñito. Entonces se retiró y cogiendo las bolas chinas se dispuso a introducirlas allí donde su lengua había estado jugueteando. Tuvo que ejercer algo de presión para introducir la primera, pero la siguiente fue absorbida instantáneamente por mi hambriento chumino, quedando justo a la entrada de mi vagina. Una vez estuvieron las bolas dentro él chico tiró con suavidad del cordoncito y sonrió satisfecho cuando comprobó que yo las tenía firmemente retenidas en mi cueva.

-Ya es hora de que te llenemos el culo, princesa- comentó, y entonces el tipo maduro me bajó al suelo con cuidado e intercambió el puesto con el joven, quien me volvió a alzar con las piernas abiertas. Mientras me movían podía sentir cómo el relleno de las bolas chocaba contra las paredes de las mismas transmitiéndome la sensación de que tenía varios dedos jugueteando dentro de mi vagina. Mi excitación iba en aumento, y se disparó cuando el maduro se colocó delante de mí y masculló: ¡Uhmmm, que maravilla de visión!, ¡Te voy a comer ese precioso culito antes de llenártelo!.

Entonces se agachó y empezó a pasar la lengua de abajo a arriba de mi sexo, desde el esfínter trasero hasta el pubis. También se entretuvo cogiendo el cordoncito con los dientes y tirando flojito de él para deslizar la bola de la entrada hacia fuera para luego soltarlo de modo que retrocediese a su refugio. Repitió este movimiento varias veces. La apertura y cierre intermitente de mi coñito hacía que me retorciese de gusto, sensación que se incrementó cuando sentí la lengua del tipo recorriendo circularmente mi rosada estrellita trasera. Continuó así unos instantes, hasta que empezó a introducir a intervalos la punta de su lengua en mi agujero virgen. De repente, se separó, y el calor y la blandura de su lengua fue sustituido por el frío y contundente extremo del dilatador anal. Tan sólo lo había apoyado contra mi esfínter mientras echaba saliva entre las nalgas y en la punta del juguete.

Yo permanecía expectante sosteniendo la respiración mientras sentía cómo se incrementaba la presión del dilatador sobre mi ano y empezaba a abrirse camino hacia su interior. Solté el aire en forma de agudo gemido cuando el tipo lo introdujo de golpe en mi culo. Como el dilatador era de pequeño diámetro, su intromisión, aunque molesta en principio, no resultó dolorosa. Noté como mi esfínter se contraía varias veces seguidas cómo luchando para expulsar al objeto que lo mantenía abierto, pero al cabo de un minuto pareció relajarse y adaptarse a su nuevo diámetro de apertura.

Una vez llenos mis dos agujeros me bajaron al suelo y el más joven me dijo que me quitase la falda y caminara por la estancia para comprobar si me sentía cómoda con ellos o prefería probar otra cosa... Me quité la falda y me saqué el top que tenía a la altura de la cintura, quedando tan sólo con los pies calzados por las sandalias y el coño y el culo calzados a su vez por los juguetes. Me encanta exhibirme así que caminé despacio hasta un extremo de la sala contorneando mis caderas y mis nalgas provocativamente. Al llegar allí di media vuelta regresando a donde estaban ellos bastante excitada por las sensaciones que los cachivaches me habían proporcionado en el corto paseo.

-¿Qué tal?, ¿Te gustan o prefieres probar algo más satisfactorio? Preguntó el joven.

-Sí, tal vez nosotros tengamos algo que pueda parecerte más interesante- añadió el maduro.

Yo sabía por dónde iban los tiros y decidiendo que ya me habían sobado bastante por ese día y que sería preferible reservar mi orgasmo para mi acompañante nocturno respondí maliciosa: -No, no quiero probar nada más por hoy, gracias. Me quedo con ellos. Ah, y me los llevo puestos-. Y dicho esto me coloqué rápidamente la falda y la blusa, cogí el bolso y el vibrador del mostrador, saqué un billete de diez mil de la cartera depositándolo junto a la caja registradora y me despedí lanzándoles un beso con la mano. Me pasé buena parte del camino a casa riendo al recordar la cara entre perpleja y frustrada que se les quedó a los dos tipos, mientras disfrutaba de la sensación de estar completamente llena por mis dos agujeritos. Sí, había sido una compra realmente satisfactoria.

 

  

 

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